No hay mandamientos para la poesía.
Se habla de métrica, de métodos, de reglas, de artistas.
La poesía no necesita puertas, ni muros, ni varas de medir,
solo escritores, letristas, ojos que puedan ver y sentir.
La suficiente oratoria para poder describir un momento,
y no solo eso, sino elevarlo, hacerlo perfecto, hundirlo en los cimientos,
reventarlo o exaltarlo hasta los cielos.
Son colores, son olores, son formas, son extractos, puñeteras descripciones,
pensamientos cuerdos y abstractos juntos bailando un tango.
Quizá esa parte del cerebro que no usamos, que se activa durante unos segundos para transportarnos.
Transportarnos a la realidad de las palabras, las que mandan plasmadas dando voz a todas esas
parrafadas que andan colgadas, que a veces se atascan y no quieren salir.
No hay mandamientos, para la poesía, no hay mandamientos para el amor,
toda necesidad, es fluir,
y entonces los dos fueron uno, sin saber que ambos eran anarquistas.
Que nadie te diga como sentir, que nadie te diga como amar, rompe todas las banderas en aristas,
porque sólo hay un trapo que ondear
y es ese pergamino donde un día escribiste poesía, simplemente dejándote llevar.
