rostros. Hacen que brillen nuestras caras bañadas en una
sintonía de coca-cola, vino, mosto y otras sustancias prohibidas. Prohibidas sólo
para los infelices, pues su cara no tendría ángulos suficientes para esbozar
una espontánea sonrisa; para mirar al resto de la noche muy de cerca y contarle
al oído que te lleve con ella, que tú te dejas. Ya no hay miedo, sólo risas
liberadas de las rejas del interior de tu garganta, junto con bocanadas de
aliento, que parecen dibujar en ese duro frio nocturno la palabra esperanza.
