Permíteme que hoy te comparta un cielo vacío, donde miro hacia la nada porque todo cayó en picado.
Fuimos un cometa, que envuelto en fuego bajó a la Tierra, imparable y sin dirección concreta. Ahora somos más bien estrellas fugaces, de fuertes momentos efímeros. Y aunque donde hubo fuego siempre quedan brasas o cenizas, ahora ya no nos sale ser llama y hemos preferido extinguir el incendio.
Llámame pirómano porque hay días que me gustaría que todo ardiera, llámame ácrata porque me gustaría saltarme todas las normas de nuevo. Pero hoy en día una barrera me encuentro y una falta de impulso que me tira a no poder despegar mis pies del suelo. Me puede la precaución, el duelo, los miedos.
Dentro de todos los pecados cometimos el mejor, que fue querernos, aunque querer tan fuerte y tan intenso, nos acusó el corazón y nos consumió el cerebro. Y si hemos dejado de luchar, es por una buena causa, porque el amor no se lucha, el amor surge, te aúpa, te lleva , te acuna y te abraza; te nace, te eleva, te cuida, te tranquiliza y te acompaña. Y es nuestra propia compañía la que ahora nos hace falta, porque de tanto querer luchar nos intercambiamos las almas y terminamos por no saber muy bien como cuidarlas.
Aún así sigue habiendo algo en el tintero, y es que dentro de tamaña historia, siempre nos quedará otro tipo de amor, otro amor que se llama respeto, otro amor que se llama complicidad, otro amor que se llama compañerismo o incluso amistad.
Quiero, al menos en esta etapa, este tipo de amor contigo, porque en la vida contadas veces se es un cometa, contadas veces se es una llama, contadas veces se es una estrella, contadas veces dos personas miran a la Luna al mismo tiempo para encontrase en la noche.
Es difícil sobrevivir a una tormenta de tantos fenómenos naturales, siempre quedan pequeños desastres, marcas y heridas. Pero el cielo, más lleno o más vacío, siempre va a estar por encima de nosotros, siempre va a ser el mismo, siempre será la misma esencia.