Hablemos de cuando la inspiración se calla y el instinto te
pide que no vayas a buscarla. Hablemos del mismo instante en que tu mundo se
empieza a derrumbar de una manera estrepitosa. De cuando el sentido se pierde a
sí mismo y las cosas quedan flotando en el aire, sin forma, sin ganas, sin alas
que las propulsen hacia arriba.
Que un camino con múltiples direcciones se convierta en su
propio laberinto sin salida y que hasta las salidas empiecen a correr
despavoridas con la menor presencia de esa nada, de ese vacío, de ese nadie.
Curiosamente la inexistencia tiene la mala suerte de existir
en forma de una vil palabra que se estrella en tu cabeza un buen día por la
mañana, temprano.
Y en medio, observando inmóvil tal barullo de palabras,
sentidos, y metas desechas te encuentras tú, convertido en un fiel espectador
de ti mismo. Te encuentras sumergido en tu propia trama pero de pronto, te das
cuenta de que los dedos incansables, de las incansables manos que accionaban la
máquina que escribía tu vida, se han detenido, te han dicho “basta”.
Eso es lo que ocurre cuando uno espera demasiado y pasa las
noches en vela. La ilusión se consume día a día, gota a gota. Gotas que caen
sobre tu piel y te queman. Duele…
Pero… qué es el dolor cuando tu corazón ha echado el cierre
y se niega a trabajar de nuevo bajo tales condiciones miserables?
El dolor pasa a convertirse en apatía: ya no duele, ya no
gusta, ya no gime, ya no huele… Te daría igual atravesar una puerta de cristal
sin abrirla, hoy ya no sientes nada. Todo empieza a deshacerse ante tus ojos y a
derretirse hasta dejar un charco que, simplemente, resbala…
